Monteverdi, el eterno

Celebramos hoy a Claudio Monteverdi, el compositor revolucionario que hizo que toda la música hablara, dándole un enfoque retórico originalísimo combinando teorías e ideas clásicas con lo más íntimo de las emociones, logrando así una trascendencia única e incluso universal.

A quienes disfrutamos hoy de sus obras a través de conciertos, o de grabaciones y videos, nos puede costar creer que en algún momento su música fuese desconocida y que no se la escuchara en ciclos de conciertos o temporadas de ópera. Parafraseando a Borges podríamos decir que se nos hace cuento que se redescubrió a Monteverdi, a quien juzgamos eterno como el agua y el aire (y el canto).

Ramiro Albino.

Claudio Monteverdi, ese a quien llamaban El Divino Claudio, fue considerado durante su vida uno de los más importantes y famosos compositores de Italia, gozando de fama y prestigio, pero pocas décadas después de su muerte, su nombre comenzó a olvidarse, hasta que terminó desapareciendo.

Su revolucionaria manera de abordar la música desde la retórica siguió vigente en la práctica, pero ya nadie le atribuía la idea genial de esa búsqueda.

El siglo XVIII trajo novedades armónicas y nuevas técnicas de canto, la música vocal tomó otros rumbos buscando nuevas instancias de virtuosismo pirotécnico que tenían poco que ver con la delicadeza del decir los textos según la estética del 1600.

Finalmente, en el siglo XIX se ignoró por completo a Monteverdi y a la mayor parte de sus contemporáneos, aunque hubo quienes mostraron interés en la música del Renacimiento, pero tomando como modelo a Palestrina y su contrapunto considerado perfecto y digno de imitación en contraposición a la música de Monteverdi quien según Verdi “conducía mal las líneas” (se refería a las voces del contrapunto).

Sin embargo con tantas miradas al pasado de la música italiana, se suscitó un interés inaudito en compositores que hasta ese momento eran desconocidos, hasta que reapareció el nombre de Monteverdi y se volvió a leer y estudiar su música, que recuperó su carácter novedoso, aún cuando habían pasado siglos de su composición. Lo que más conmovió en ese momento fue su despojo.

Gabriele D’Annunzio se emocionó con esa estética, porque era absolutamente diferente a la que se escuchaba en su época (las últimas décadas del 1800 y las primeras del 1900), y se refirió a ella como un arte de “desnudez sublime”, lo que llevó a personajes como Nadia Boulanger o Gian Francesco Malipiero a interesarse en ella y luego a dedicarse a la reconstrucción y publicación de sus obras. La opera omnia de Monteverdi fue transcripta y publicada por Malipiero entre 1926 y 1942, y esa edición es, hasta hoy, una de las más usadas por los conjuntos que se dedican a la música del período de transición entre el Renacimiento y el Barroco.


Claudio Monteverdi nació a fines del Renacimiento, y recibió una buena (buenísima) educación musical y filosófica, por lo que tenía siempre puesta su mirada en el pasado clásico, al que intentaba imitar. Con sus medios, y con los métodos propios de su época, buscó hacer música según criterios historicistas, es decir que hizo lo que hoy llamamos “práctica históricamente informada” (eso que el mercado caracterizó como “música antigua”).

Según ideas de Platón, pretendía crear una música capaz de formular conceptos, representar estados de ánimo según lo que se creía que era el pensamiento griego, partiendo de la idea de unión total y simbiótica de música y poesía, optimizando recursos para que todo el aparato interpretativo (voces, instrumentos, gestos, espacio y demás elementos) se fusionaran mejorando la elocuencia y receptividad de sus mensajes.

Para eso eligió cuidadosamente los textos y las notas más apropiadas para cada palabra y sílaba, pensando además en la tesitura de la voz para la que escribía y en el instrumento que debía acompañarla en cada momento o situación, pero también trabajó especialmente en el uso y tratamiento de las disonancias, que históricamente habían sido evitadas o suavizadas porque se las consideraba sumamente agresivas. Esto último le trajo serios conflictos con sus colegas músicos y estetas, quienes lo acusaron de diversas maneras, de las que supo defenderse alegando que su fundamento estaba en la verdad. Con todo esto, logró una dicción emotiva, un tratamiento de la música que, según su idea, era capaz de completar a la poesía. 

Claudio Monteverdi nació a fines del Renacimiento, y recibió una buena (buenísima) educación musical y filosófica, por lo que tenía siempre puesta su mirada en el pasado clásico, al que intentaba imitar.


Madrigales

La grandeza de Monteverdi aparece en innumerables documentos escritos a lo largo de su vida, y la idea se afianza aún más si consideramos la importancia de los cargos que ocupó (baste con mencionar su magisterio de capilla en San Marcos de Venecia), además de la inmensa y sostenida serie de publicaciones que comenzó cuando tenía dieciséis años y que sostuvo a lo largo de toda su vida, las celebradas óperas que compuso y su presencia permanente en antologías sacras y profanas publicadas en diversos lugares.

Hizo su aporte a la música desde diferentes géneros, entre los que se destacan el madrigal y la ópera, que se modificaron radicalmente en sus manos.

Sus dos primeros libros de madrigales tienen aún las influencias de Ingegnieri (su maestro) y de Marenzio, el personaje que había liderado la composición de madrigales en la generación previa a Monteverdi. El tercero de los libros ya ostenta una impronta más personal y más moderna (lo que le comenzó a causar problemas con quienes eran más tradicionalistas), presentando además una mayor osadía, que lo acerca al manierismo.

Pasó poco más de una década para que apareciera su cuarto volumen de madrigales, y ese tiempo fue suficiente para que el dramatismo se acentuara y apareciera más claramente la idea declamatoria del texto. Dos años más tarde lanzó su quinto libro, un volumen rupturista con un prólogo que tiene visos de manifiesto de su nuevo estilo (al que llamó “Seconda pratica, overo prefettione della moderna musica”) y que incluye algo totalmente nuevo en el madrigal: acompañamiento instrumental para las voces cantadas.

A poco de estar en el cargo de director de música de San Marcos de Venecia publicó el sexto volumen, que ya no tiene la unidad de los anteriores, pero que presenta una fuerte influencia de la ópera, que en esos años también se consolidaba como género.

La gran ruptura de los libros Quinto y Sexto le permiten abordar los dos últimos con mayor libertad, lejos de moldes y pensando sólo en la expresión de los textos, y es así que los libros Séptimo y Octavo son casi impredecibles en la sucesión de obras que los componen, y muy gratamente sorprendentes. Este último está precedido por una introducción que es un pequeño tratado estético, una síntesis de las últimas ideas monteverdianas.

Óperas

En el terreno de la ópera también hizo grandes avances, partiendo de que su Orfeo es la primera ópera propiamente dicha, puesto que dejó de ser una mera sucesión de recitativos, para comenzar a incluir verdaderas arias, motivos conductores (a la manera de los Leitmotive posteriores) y coros en el marco de una instrumentación que acompaña el drama desde la acentuación y complementación de los contenidos del libreto, partiendo del madrigal y de la novedad del favellare cantando (hablar cantando).

Las otras dos óperas de Monteverdi que se conservan (Poppea y Ulises) fueron escritas cuando la ópera había dejado de ser un entretenimiento cortesano para pasar al teatro público, donde la gente podía pagar su entrada y disfrutar de un espectáculo.

Con más de 70 años, siendo un anciano para su época, escribió óperas más modernas que las de sus alumnos, tras haber planteado sus nuevas ideas en el Octavo libro y pensando en un público que ya estaba habituado a ir al teatro de ópera. La música de estos últimos trabajos construyó personajes totalmente humanos y verosímiles, capaces de ofrecer todo lo mejor y de sorprender con todo lo peor.

Todas estas innovaciones madrigalísticas y operísticas fueron pasadas, a medida que aparecieron en sus trabajos, al terreno de la música sacra, en el que ofreció una nueva exégesis musical de los textos litúrgicos o morales junto a los más novedosos modos de componer, aunque también escribió muchas obras en un estilo más austero y conservador, que nunca dejó de estar en su producción.


En nuestra época celebramos especialmente a los artistas que logran mantener su vigencia y actualidad sin perder sus características esenciales, las que los hacen únicos y reconocibles (especialmente en el terreno de la música popular).

Admiramos a quienes demuestran una capacidad insuperable de adaptación a las diferentes situaciones de la vida y a los avances tecnológicos, a los que son capaces de satisfacer tanto a los más tradicionales como a los vanguardistas, esos que representan una verdadera garantía de calidad y satisfacción con cada nuevo álbum, los que podemos escuchar en vivo una y otra vez, saliendo siempre sorprendidos.

Exactamente así era Claudio Monteverdi, el músico que supo revolucionar la música europea, sin dejar nunca de lado su impronta personal, el que innovó hasta el extremo y aún así no perdió nunca la fidelidad a los modos de composición, en los que se había formado, enriqueciéndolos con sus nuevos modelos de difusión e interpretación.

Hizo su aporte a la música desde diferentes géneros, entre los que se destacan el madrigal y la ópera, que se modificaron radicalmente en sus manos.


Las grandes obras de Monteverdi:

Óperas

L’Orfeo (1607)

L’Arianna (1607–08) – perdida

Andromeda (1618–20) – perdida

Proserpina rapita (1630) – perdida

Il ritorno d’Ulisse in Patria (1640)

Le nozze d’Enea con Lavinia (1641) – perdida

L’incoronazione di Poppea (1642)

 

Música sacra

Madrigali spirituali (1583)

Misa y vísperas de la Virgen (1610)

Selva moral y espiritual (1640)

 

Madrigales

Primer libro (1587)

Segundo libro (1590)

tercer libro (1592)

cuarto libro (1603)

Quinto libro (1605)

Sexto Libro (1614)

Séptimo libro (1619)

Octavo libro (1638)

noveno libro (edición póstuma, 1651)


Ramiro Albino para nuestra revista impresa MusicaClasicaBA N°6:

https://issuu.com/musicaclasicaba/docs/mcba_nro_6_web

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