Con Bolero y Fervor concluyó la temporada 2022 del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín

fervor

El domingo 17 de septiembre concluyó la temporada 2022 del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. El ciclo estuvo compuesto por dos obras: “Bolero” de Ana María Stekelman y “Fervor” de Josefina Gorostiza.

Por Luz Lassalle / Carolina Lázzaro. Ph: Carlos Furman

Bolero fue estrenada por la Compañía Tangokinesis en 2004 y por el Ballet Contemporáneo en 2014, y Fervor se estrenó en 2020, con reposición coreográfica de Elizabeth Rodríguez y Melisa Buchelli en ambos casos. Para esta ocasión se eligió el Hall del Teatro, espacio que indefectiblemente acerca -no solo de una manera literal- la danza al público, sino también de forma prácticamente visceral. Si bien las obras mencionadas difieren entre sí, tienen puntos en común, claro que cada una dentro de su impronta y su estética particular. En ambas obras se pueden ver claramente varios lenguajes de movimiento no desde la fusión o hibridación sino desde una alternancia. 

En el caso de Bolero, se aprecian varios compases destinados al tango, otros al folklore, sin dejar de lado el particular malambo con su fuerza y su temperamento, por supuesto con una clara base en la danza contemporánea, con frases instaladas estilo leitmotive. Los elementos compositivos, como la utilización del espacio, los recorridos, los cánones, dúos, tríos, unísonos y solos entre otros, fueron aplicados estratégicamente por la coreógrafa como condimentos para dar cuerpo a esta obra tan hipnótica como su música: el famoso Bolero de Ravel. A quien le guste buscar interpretaciones más profundas podrá establecer un paralelismo con la numerología y el infinito, se podrán observar las repeticiones casi obsesivas con cambios, algunos más sutiles y otros bien específicos, la fuerza de los y las bailarinas puesta en la escena, la interpretación y la pasión que se dejan entrever entre el juego que se establece en el diálogo corporal que salta de la rítmica a la melodía, y viceversa.

En cambio, Fervor es mucho más sencilla en su puesta, le basta una línea de bailarines y bailarinas con atuendos deportivos y haciendo una especie de presentación de cada uno de ellos para iniciar la exaltación del público que se va a dejar llevar por la música del DJ en vivo y la adrenalina coreográfica que manejan los bailarines. La utilización de la energía muy alta, prácticamente desde el principio, pone en jaque el cansancio físico, liberando una interpretación exacerbada y jugando con la parodia puesta en saludos, gestualidad y muecas, que sacaron más de una carcajada del fervoroso público. El ojo atento habrá podido ver a lo largo de la obra el pasaje por diferentes lenguajes de danza, en algunos casos algo desarmados, casi ridiculizados, pero sin dejar de mostrar las maravillosas posibilidades técnicas de los bailarines. En algunos momentos se reunían todos para un gran unísono de carácter festivo con movimientos sencillos, básicos, que bien podrían encontrarse en cualquier clase de “zumba”. La utilización de la voz en varias oportunidades al mejor estilo arenga de masas logró mantener el aplauso rítmico constante por parte de los presentes. Uno de los focos de dificultad estuvo puesto en las cuentas que debía llevar el elenco para los cambios espaciales que daban pase a la próxima consigna, teniendo en cuenta que la música era compuesta en escena por el DJ, con todo lo que eso implica. Hubo mucho espacio para creaciones personales que dieron lugar a los bailarines y bailarinas para dejarlo todo en el escenario y mostrar así sus gustos y preferencias de movimiento, su pasión, el qué es lo que los mueve, como consignas coreográficas. Parecen ofrecer sus endorfinas extasiadas por el placer del movimiento, y todo eso trasmitido sin censuras directamente al público.

Leer anterior

“Conmigo o con Nadie”: ópera de hoy como grito feminista

Leer siguiente

Gran final de la integral de las sonatas de Beethoven, por Martha Noguera

Más publicaciones